Hace ya algunos años, un grupo de vecinos del barrio de Atzingo se reunieron una tarde cualquiera para polemizar sobre los principales problemas que más les aquejaban para el desenvolvimiento de su comunidad.
Se habló de aquello y de lo otro más, y de varios temas que tan importantes tenían, tocaron en la plática los asuntos de relevancia que más es urgía. La construcción de unos lavaderos donde todas las buenas vecinas lavaran su ropa o en alguna industria particular de Zacatlán, además de que les suministraría el vital líquido que necesitaban en sus correspondientes hogares ¡el agua!. Ya que el preciado líquido se carecía casi totalmente en el barrio de Atzingo, este se conseguía mediante pozos que se hacían, pero aun así, era insuficiente para las más elementales necesidades.
Discutidos los puntos principales del tema en cuestión, se acordó que su representante, ante las autoridades correspondientes solicitara en nombre del pueblo, la construcción de unos lavaderos para beneficio de la comunidad. Hechas entonces las diligencias para la proporción del agua que necesitaban y después de largas y cortas, por un día se procedió a la construcción de los ansiados lavaderos. Para esto ya se había elegido el lugar donde se levantaría la obra urgente para todos.
Un día de tantos se empezaron las excavaciones y por turnos, alegres y contentos los hombres del barrio trabajaron con gran entusiasmo. Un medio día, uno de los hombres. al estar zanjando la tierra, tropezó con su pala, con el zócalo de un roca, pero aquello no amilanó sus ánimos y con más tesón, procedió a remover el obstáculo. Al ir descubriendo poco a poco la roca, se dio cuenta de que aquello era más grande de lo que en un principio había creído. Tuvo que requerir a la ayuda de los demás hombres que se encontraban trabajando cerca, ayudándole a limpiar alrededor de la roca, de tal manera de que facilitara el trabajo de poder sacarlo de donde se encontraba. Con la ayuda de las poleas, palos y otros utensilios se procedió a sacar el peñasco. Fue una sorpresa grande para todos los ahí reunidos al observar detenidamente, ya que lo que estaba afuera representaba al famoso dios Tláloc, deidad que era antiguamente del agua, aunque más pequeña que la original conocida, que se encontraba en la ciudad de México, y que recientemente había sido transportada a esa urbe de los Palacios para la admiración de todos sus habitantes.
El monolito aquel fue llevado a algún lugar y arrumbado y se olvidaron después de su existencia. Librado el obstáculo que la roca representaba en un principio, se dieron a la tarea de terminar lo más pronto posible la obra empezada. La satisfacción de todos los hombres y con el regocijo consecuente de las mujeres, al fin la obra, tras ardoroso trabajo finalizaba semanas después. Hubo una grana fiesta, se bailó hasta el cansancio, se comió toda clase de antojos para sabor y deleite de la concurrencia. Los famosos lavaderos derramaban el preciado líquido con una gran abundancia que se utilizaba para el conocimiento de verduras y carnes y para lavar la ropa de los habitantes de Atzingo.
No cabía duda, se decía que el lugar elegido había sido el más indicado, ya que probablemente se encontraba bajo un manantial o río subterráneo de los que tanto abundan por la región. Durante algún tiempo el agua no dejó de fluir para beneficio de los habitantes, pero un día inexplicablemente la profusión acuífera dejó de fluir. Se creyó por entonces en esos días había llovido poco y por el eso el agua no caía, pero aun así, otros más escépticos no tomaron en cuenta esta idea y elaboraron otra aun más atrevida. Aunque no lloviera, pensaban, siempre de alguna forma u otra, el agua habían tenido y recordaron la piedra que habían sacado y que representaba al dios de la lluvia, descontento de haberlo desenterrado de donde durante mucho tiempo había estado cubierto por la tierra y que se había turbado su paz de siglos, castigando a los habitantes por esta acción tan malévola, al quitarles el agua que necesitaban y sin esfuerzo por su parte, ya cayera ésta de las nubes en forma de lluvia o corriera bajo el suelo.
El haber turbado su sueño había encolerizado de tal manera al dios Tláloc que era el castigo que los habitantes del barrio de Atzingo recibían.
Consternados no atinaban que hacer ante el problema que significaba el hecho, algunos hombres se dieron a la tarea de rascar la tierra para encontrar el motivo de la repentina desaparición del agua, encontrándose el sitio completamente seco; el viejo dios de sus antepasados se estaba vengando de una manera un tanto cruel y se cuenta que...
Algunos hombres sensatos y respetuosos de las tradiciones y creencias de los antiguos, que probablemente habían habitado aquella región, tuvieron la brillante y afortunada idea, de aprovechar el hoyanco y devolver a su lecho de siglos el monolito ya mencionado, para que de esta manera tuviesen nuevamente agua y descansara sin perturbaciones, el letargo, que sin medir las consecuencias y por la propia ignorancia natural de que el dios estuviese ahí, habían violado.
Algunos, incrédulos ante la idea, rieron ante la ocurrencia, pero otros más creyentes o llevados por la superstición, acogieron con fervor inusitado, quedando la mayoría de volver a su sitio a la deidad, se prestaron pronto a la loca inspiración, pero que seguramente no tendría nada de disparatada, si se hacía caso de ella.
Se devolvió al dios Tláloc a su original sitio, se le tapó bien con tierra y esperaron pacientemente la gracia divina del viejo dios de las aguas, y para sorpresa de los habitantes de Atzingo, el preciado líquido fluyo nuevamente por las llaves, no pudiéndose explicar hasta ahora el prodigio de aquel acontecimiento y nadie, por loco que esté en el barrio de Atzingo a vuelto a cometer la desafortunada idea de turbar el sueño eterno del poderoso Tláloc, porque ya conocen las consecuencias que su acción ameritaría.
Relato anónimo |