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LEYENDA DE LA CASCADA DE SAN PEDRO

 

 

 

Todo empezó un día en que los anales de la historia ya no recuerdan, cuando en cierta ocasión, Ometecuhtli, creador de todas las cosas, se encontraba en su gran trono de los cielos en un lugar llamado Omeyocan. Estábase en aquel sitio contemplando la obra que había salido de sus manos: las extensas llanuras, desiertos y praderas, los grandes tepetls cubiertos de hermoso y frondosos bosques, los caudalosos ríos que cruzaban la tierra, aves de raro plumaje y bellos y armoniosos cantos, los venados, ocelotls y muchos otros animales que vagaban libremente sin ninguna clase de temores por toda la tierra.

 

Arrobado el dios creador, veía los dilatados horizontes que limitaban con el cielo y los perfiles azules de las montañas con nubes vaporosas que los coronaban y los mantos de nieve eterna que los cubrían. Los ríos someros y rumorosos que se difundían repetidos, grandiosos y prepotentes. Su obra entera era vida exuberante; en la selva, el llano y la pradera, donde Tonatiuh los bañaba con su luz radiante de primavera.

Ometecuhtli podía verlo todo desde los cuatro puntos cardinales, y lo que en ella se encontraba lo había creado para satisfacción de los dioses y regocijo de los mortales a los cuales entregó todo lo hecho por él.

El forjador de todas las cosas no se cansaba de admirar su obra de ilimitada grandiosidad. Podía ver a los hombres que se recreaban en la belleza única de los paisajes, refrescando sus cuerpos jóvenes y vigorosos en las aguas translímpidas y puras de los manantiales. Otros, mientras tanto, comían de la fruta que colgaba de las ramas de los árboles y que entregaban con gran prodigalidad a sus moradores. Más allá, el campo era fértil y lozano; con camelias, margaritas, madreselvas, rosas blancas, rojas y cremas, amapolas teñidas de carmesí, azahares de nieve, azucenas y hortensias, cuyo aroma suave y leve, invadía aquel inmenso jardín, y a través de toda ésta maravilla: los claveles rojos como un beso.

Todo en el paisaje era lleno de luz, de flores y armonía, en aquel mundo natural y salvaje se explicaba con rumores la poesía creadora de Ometecuhtli.

Ometecuhtli paseó por última vez su mirada ante la belleza incomparable de su obra, cuando notó que una región de la tierra por él creada, que estaba rodeada de altos tepetls y de accidentado suelo, donde se podía divisar una profunda depresión de encanto maravilloso, de perspectiva preciosa, de donde el paisaje le ofrecía una vista deliciosa que a su contemplación merecía. Detúvose un momento en aquel lugar de frondas, donde el céfiro cimbreaba, donde los riachuelos serpenteaban jugueteando, haciendo pozas muy hondas. Cautivóle la lozanía de las amorosas flores con sus preciosos colores. Admiró con deleite una barranca de prismas de roca blanca, salpicada de espesa vegetación. Un río cruzaba sus dominios en el que se podían ver a través de él; la fina arena asentada en su lecho. A Ometecuhti le pareció que aquel hermoso lugar era de una belleza inigualable, lo mejor que haya tenido su inspiración creadora, pero ante paraíso semejante, notó con profunda tristeza que ahí no había nadie aún que la habitara, para que gozáse de los dones que el sitio prodigaba.

Y decidió que en aquel lugar deberían vivir los hombres, que fuera una raza fuerte y altiva, de arrojo inusitado y que vibraran en sus corazones los deberes sagrados, donde vivieran con dignidad, equidad y justicia. Donde cantaran la hermosura de su cielo, que alabaran con el trabajo, la belleza de sus campos prodigiosos, y cruzaran sus bosques de balsámico aliento, donde tenían sus nidos la paloma y el viento. Que convirtieran en tierra de esperanza y promisión la frescura de sus huertas, donde hallaran cabida los que llegaban en busca de paz y tranquilidad, y encontraran también los corazones jóvenes, el amor con la contemplación de sus mujeres vírgenes morenas, de adormecido mirar, que hicieran pensar en el Omeyocan. Que fuera nido de hombres de férreas voluntades, que plasmaran con fuerza, el curso de su propia historia.

Entonces Ometecuhtli, haciendo eco de su propia voz, llamó a Tláloc; dios de la lluvia y la tormenta, también llamó a Tonatiuh; el dios sol, y por último, requirió la presencia de Xiuhtecutlitletl, que era desde lo más antiguo, el dios del fuego. Y así, estando preparado su séquito que lo acompañaría en la realización de su obra, bajó a la tierra desde su gran trono de los cielos en un rayo de luz delgadísimo que Tonatiuh le proporcionó de su fulgurante cuerpo solar, y descendió a las orillas de una meseta que conocemos ahora como “San Pedro”, y allí, con su vista que todo lo abarcaba, divisó a una tribu que venía penosamente tras larguísimo viaje y que había escogido a exprofeso para que habitara estos lugares, y que ordenó en voz de sus sacerdotes que se avinieran a estos lugares o parajes.

Aquella tribu se encontraba ya cerca del último camino de su meta y donde los dioses le estaban esperando para hacerlos dueños de ésta tierra prodigiosa.

Cuando llegó el Nepantlatonatiuh, o medio día, aquel pueblo llegó hasta el lugar de su estancia finalmente señalada por sus dioses desde tiempo inmemorial, del cual pocos aún guardaban memoria, y ahí se encontraron por primera vez, cara a cara, los dioses y aquellos hombres que habían confiado en ellos durante largas y cansadas jornadas que durara su peregrinaje.

Ometecuhtli se integró en ese momento ante la expectación del pueblo, en toda su magnificencia, envuelto en centelleantes y multicolores luces. Recorrió con la vista a aquellos hombres reunidos después de muchos años de vagar por la tierra, pero que para el gran dios, sólo significaron; breves momentos de su inmortal existencia.

A continuación, llamó por su nombre al guía de aquel pueblo, y concertó con él una alianza de su gente con los dioses, levantando para tal fin, una cascada que les recordaría para siempre, el pacto que estos tendrían con el cielo y que sería también, un símbolo que los dioses habían estado en presencia de los hombres.

Ordenó a Tláloc; dios de la lluvia y la tormenta, que diera forma a lo que él deseaba, éste de inmediato puso manos a la obra. Se elevó por los cielos acompañado de sus sirvientes, los fieles tlaloques o nubes. estos tomaron el agua de unos barrenos, con unos cántaros y empuñaron unos grandes palos. Cuando Tláloc les mandó llover, vaciaron el agua de los cántaros, pegando a estos con los palos, los cuales se rompían y los trozos de los cántaros rotos caían transformados en rayos que dirigían a un determinado lugar por donde pasaba un río (hoy conocido como río San Pedro), donde estaba una gran peña y que Ometecuhtli les señalara para que dejaran caer sus terroríficos rayos.

Fue así como se formó la cascada de un gran peñascal, donde el río que atraviesa la región, dejó caer sus aguas cargadas de gloria y de siglos. Es de belleza ponderada lo que es ahora la imponente cascada, donde el líquido se desliza con salvaje armonía, en un cauce edificado de basáltica escafondría. Como velo cristalino sobre gigantesca frente; unas veces opalino, pero siempre transparente.

El dios creador de todas las cosas, llamó a aquel pueblo “zacatecos”, o sea, , “gente de donde abunda el zacate”, porque habían llegado de tierras muy lejanas de abundantes pastos, llamado por los aztecas “Zacatlán”.

Les consagró como deidad a Xiuhtecutlitletl; dios del fuego, que desde entonces se convirtió en Xiuhtec; deidad del hogar y el padre de la familia.

Ometecuhtli, hizo dueños de estas tierras al pueblo por él escogido ha muchos años, que para aquellos significaron generaciones enteras, pero que para el gran dios, el haberlos elegido, sólo le bastó bajar un momento de su gran trono de los cielos; un día de su inmortal existencia.

 

Profra. Dolores Barrios Pérez